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Era una mañana soleada de otoño; Los árboles habían cambiado el verde del verano por tonos rojos y amarillos. La humedad hinchaba las hojas del suelo como si se tratase de una esponja, y setas de todos los colores salían a saludar a los caminantes que pasaban, impregnando el ambiente de un olor que no sabría describir, pero estoy convencido de que conoces. 

Olía profundamente a otoño.

Mientras deambulaba por el bosque sin querer llegar a ningún lugar, me senté junto a un pequeño muro medio derruido que debía haber pertenecido a una vieja ermita medieval. Las enredaderas cubrían las paredes y los árboles habían invadido completamente el interior. Aquí sentado, comiendo el pequeño bocata que me había traído en la mochila, me acordé de una historia que solía contarme mi abuela al calor de la estufa, en la que también había un muro viejo y prácticamente derruido. Aunque en este caso se trataba de un muro mágico. 

En lo más profundo del bosque, en un lugar donde la oscuridad y la humedad lo invaden todo,hay una cueva de piedra negra donde habita el señor de la montaña. 

En otro tiempo, fue un poderoso mago vestido con una túnica de plata y montado en un caballo color nieve. Este paladín de Dios viajaba por el mundo haciendo de la justicia y el amor universal su única bandera.

Pero, poco a poco, se fue dando cuenta de que el mundo no le correspondía. 

Pudo ver con sus propios ojos, que el malvado muchísimas veces triunfa y el cobarde gana. Que en incontables ocasiones los inocentes sufren por causas fácilmente evitables. Que la codicia y el ego del hombre habían conquistado el reino de Dios, y lo que debiera ser un jardín del edén había acabado transformándose en un páramo yermo, frío y solitario.

Por eso se recluyó en su bosque, se escondió en su cueva en lo más profundo de la montaña donde nada ni nadie pudiera herirle jamás. Se sumergió en sus libros, estudió astrología, teología y lenguas antiguas. Estudió lo que había pasado desde la construcción del mundo. ¿Cómo se había llegado allí? ¿Qué había salido mal? ¿Por qué?, y de una manera casi imperceptible, la desesperación fue tomando el lugar que antes había ocupado su fé. 

¿Para qué? Para qué merecía la pena estudiar nada, si habían destrozado todo lo bueno que había en el mundo. Gritaba como un poseso, lleno de ira. Hacia el mundo y hacia sí mismo. “LO ODIO, LO ODIO; Lo odio” gritaba mientras arrojaba con furia al suelo objetos preciosos y delicados que había guardado en su cueva para preservarlos del mundo. “Lo odio”. 

Cuando el cansancio atacaba sus escuálidos brazos, incapaces de aguantar más ira. Caía sobre su trono de piedra, y decía apretando fuertemente su mandíbula… Lo odio, me odio, me odio, me odio … Hasta que un sueño incómodo, del que esperaba no despertar nunca, le acababa invadiendo.

¿Qué hago aquí? ¿Para qué estoy aquí? ¿Por qué no puedo volver de nuevo a casa…? 

A la mañana siguiente, cansado, y dolorido se despertaba en el mismo asiento de piedra negra, húmedo y duro. Mientras un cuervo, también negro le miraba desde un hueco en lo alto de la cueva, que hacía las veces de ventana.

Ese cuervo le permitía “ver” el mundo. Hace milenios, cuando se había resignado a vivir apartado en su montaña de piedra, había seccionado un pedazo de su alma y la había colocado en aquel animal, para de alguna manera poder seguir mirando desde lejos el exterior, y quien sabe si en algún momento regresar, cuando las cosas hubieran cambiado. 

El cuervo le enseñaba todo. Le enseñaba la guerra, le enseñaba las peleas entre hermanos, le enseñaba el sufrimiento inútil e innecesario de la madre tierra por la codicia del hombre. Y cuanto más le enseñaba aquel cuervo, menos ganas tenía de salir fuera nunca. 

Se quedaba en su biblioteca, hojeando sus libros y estudiando. Sintiendo una profunda decepción hacia el ser humano y toda su raza de la cual le avergonzaba formar parte. Aquí sé. Aquí entiendo, aquí puedo ver lo que hace falta. Aquí estoy bien.

Lo que no se decía, era que en lo más profundo de su corazón, se sentía solo, desesperado y pobre. Muy pobre.

Una mañana el cuervo salió de la cueva y cruzó volando el bosque que la rodeaba. Cruzó el muro que rodeaba el bosque para observar un día más, el mundo real. 

No tardó mucho en posarse sobre un olivo bajo el que estaba jugando un niño de apenas 5 años. 

-”Deben haberle dejado solo” Pensó el mago. “Qué desgracia de padres, que ni tienen tiempo para encargarse de una criatura tan frágil”

Pero el niño no parecía frágil en absoluto, al contrario, se le veía extrañamente feliz. Caminaba observando los pájaros, corría y de repente se paraba cuando algo llamaba su atención, para volver a investigar en otra dirección. En un momento, se puso de rodillas y se quedó observando un escarabajo verde que se movía lentamente por el suelo. Con una pequeña pajita empezó a empujar al escarabajo. Le hubiera encantado quedárselo. Llegaría al cole y se lo enseñaría a todos sus amigos. “Mirad, me he hecho amigo de un escarabajo”.  

-”Que ser más estúpido”. Pensó el mago. “¿No ves que se trata de un Ischiopsopha poggii. Si le empujas así, lo vas a tirar y te va a escupirá tinta”.

Y así fue. El escarabajo al sentirse atacado por un enorme niño de 5 años. (Que era inmenso desde el punto de vista del insecto) Colocó su abdomen apuntando hacia la cara del niño y expulsó un líquido verde y viscoso que le manchó la cara.

-”Y ahora es el momento en que el ser humano aplasta el insecto aprovechando su tamaño…”

Pero eso no fue lo que pasó. Más bien lo contrario. El niño comenzó a reír. “Vale, vale…no hace falta que me mees encima otra vez. Te dejo en paz…” Se levantó, y se fue de allí dejando al escarabajo seguir con su vida. 

De alguna manera, este comportamiento captó el interés del mago. A pesar de estar seguro de la ineptitud de aquel niño, estaba desconcertado. De alguna manera había conseguido captar su atención: No iba bien vestido, pero no parecía importarle. Sus harapos parecían ser suficiente para él, porque le quitaban el frío. El niño era feliz. Un bobo ignorante y feliz, pensaba el mago. Pero aún así, feliz e interesado por el mundo y las sorpresas que podría traerle. Un día era un palo con el que jugar a espadachines, otro día una cabra parturienta o simplemente el calor del sol. Había una energía en este niño que llamaba la atención. Algo en sus ganas de vivir o un nosequé, que hacía que el mago quisiera saber más. 

Era un ser bobalicón y estúpido, pero aún así llamaba la atención. Así que ordenó al cuervo que guiara al muchacho hasta el muro, donde él podría observarlo mejor.. 

No fue una tarea compleja. El cuervo solo tuvo que posarse en el suelo y mirar al niño, ladeando la cabeza como suelen hacer los perros cuando quieren algo. 

El niño miró curioso hacia el pájaro y le preguntó: ¿Y tú quién eres? El ave dibujó una flecha con el pico en la arena fresca, y eso alucinó al pequeño. ¿Cuándo se ha visto a un pájaro pintar en el suelo o dar indicaciones tan claras? Esto tenía que ser magia como la de los cuentos de hadas.  

Una vez captada su atención. El pájaro despegó y se fue moviendo de árbol en árbol para que el niño le fuera siguiendo hasta el bosque, y más allá hasta el muro mágico que rodeaba la montaña en la que según las leyendas vivía un brujo malvado. 

Era un muro de ladrillo viejo, con humedades y sin puertas ni ventanas. Con un denso follaje de hiedra que cubría toda la mampostería. Hacía frío en aquella zona del bosque.

El brujo era consciente de las leyendas, una muestra más de que los hombres temen aquello que no entienden. Pero aquel niño, estaba allí. Haciendo caso omiso a cualquier pamplina que hubiera escuchado en casa. Se había fiado de un cuervo, y estaba allí.

Sintió curiosidad, y aunque fuera por una vez. Sintió el deseo de observar al chaval con sus propios ojos. Así que hizo algo que llevaba cientos de años sin hacer, se levantó de su trono de piedra y movió su esquelético cuerpo fuera de la montaña. 

Sintió la humedad del bosque bajo sus pies desnudos, y por primera vez en años sintió ligeramente el calor del sol sobre su blanquecina piel. No recordaba haber escuchado nunca con tanta claridad el canto de los pájaros en el bosque. No recordaba el olor de la tierra mojada ni el de las setas en otoño. Él, que había tenido aquel bosque a los pies de su montaña tantísimos años, no era capaz de recordar cuándo había sido la última vez que había estado en el bosque.

Mientras caminaba, pedazos de su ropa se iban resquebrajando y cayendo al suelo. Igual que cuando una serpiente cambia su piel, o el barro cuando se seca al sol. Dejándole completamente desnudo cuando llegó al lado del muro.

Ya no sabía quién era. 

Tenía un ligero recuerdo de haber sido alguien importante. Y ese cuervo que sobrevolaba a su alrededor. Parecía querer comunicarle algo. Pero no sabía el qué. 

Solo era un hombre viejo, escuálido y desnudo delante de un muro sin puertas. Y aunque no sabía cómo, algo dentro de sí le decía que su sitio estaba al otro lado. Así que apoyó su delgada mano contra el ladrillo y empujó. En aquel instante, el muro se esfumó como desaparece una duna en la playa con la fuerza del viento. Como un montón de polvo, la arena lo invadió y se transformó en una una densa niebla.

No se veía nada, solo blanco.

Poco a poco, la niebla se fue disipando y los ojos del anciano consiguieron ver un pequeño prado verde. Era el mismo en el que hacía unos días había observado a un niño jugar con un escarabajo verde, aunque él ahora no lo recordaba.

El niño estaba allí mismo a unos 200 m, así que decidió ir acercarse. Quizás podría explicarle donde estaban.

En su primer paso hacia adelante, su pie se hundió en la tierra húmeda y unas raíces profundas se hundieron en el suelo. Una energía de vida le subió como un torrente por las piernas, y al igual que una esponja seca que se hincha con el agua de un rio, el cuerpo del mago empezó a crecer. Sus músculos se tonificaron alrededor de un esqueleto que crecía y se fortalecía hasta transformarse en estructura de acero. Lo mismo pasó con sus caderas, su abdomen, su pecho, sus hombros, su cabeza, todo. Todo crecía mientras la energía de la tierra le llenaba por dentro.

Cuando se disponía a dar el segundo paso, allí no había ningún anciano, allí ya no había un viejo mago. Lo que había allí era un gigante inmenso.

El gigante sintió miedo. “Soy gigante, soy enorme, doy miedo”. Observó al niño que ahora se veía insignificante, como si se tratase de un insecto y tuvo miedo de hacerle daño. Tuvo miedo de asustarle, tuvo miedo de que saliera corriendo al ver su inmensidad.

En lugar de salir corriendo, el niño miró asombrado al gigante, y se acercó, caminando poco a poco. Algo en su pecho le decía que este gigante necesitaba un abrazo, así que, aunque su cabeza no llegaba más arriba del tobillo del gigante le abrazo con muchísimo cariño.

El gigante lloró. Litros de agua cayeron a través de sus mejillas, y con mucha delicadeza bajó su enorme manaza y levantó al niño del suelo hasta colocarlo enfrente de su corazón.

El niño abrió los brazos y abrazó al gigante. El gigante abrazó de vuelta al niño como se abraza a un pajarito caído del nido. Con muchísima delicadeza y amor.

El corazón del gigante, que era bastante más grande que ningún elefante que el niño hubiera visto en su vida, bombeaba con nervios. 

pumpum pumpum.

Poco a poco. El pecho del gigante se fue transformando en espuma, de tal manera que casi imperceptiblemente el niño acabó abrazando al gigante directamente en su corazón.

pumpum pumpum

Se sentía cálido, sencillo y feliz. Como estar en casa..

pumpum pumpum

Ahora el niño era el gigante. El gigante era el niño.

Consolado, tranquilo y feliz de saber que nunca jamás volvería a estar solo. El gigante abrió sus enormes ojos hacia el mundo, y miró el horizonte que tenía por delante.

Se sentía confundido, no tenía claro hacia dónde ir o qué hacer. Solo había una cosa que sí tenía clara:

Había alguna razón por la que él estaba allí, porque si no la hubiese, él no estaría.

Y con ese pensamiento claro, caminó hacia adelante.

 

Un cuervo negro, volaba en el horizonte.

Texto: Rafael Escalera Nov 2023

Dibujos generados con IA

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