Vivimos una época compleja.

El no salir de casa me tiene como un tronco a la deriva, flotando rio abajo… Cuanto más consigo aceptar esta situación más tranquila fluye el agua y más agradable es el viaje. Me siento poderoso y capaz de aprovechar la cuarentena para hacer todo eso que nunca tuve tiempo de hacer. Pero cuando me rebelo contra la realidad el paseo deja de ser tranquilo, es entonces cuando aparecen las turbulencias y el monstruo que se divierte golpeando mi cabeza contra las rocas.

Este monstruo es una parte de mí que me lleva a la autodestrucción, a la muerte, a las ganas de no levantarme de la cama hasta que esto pase, a la flojera de no levantar ni los brazos ni las piernas, ni siquiera masticar, solo quedarme en la cama y dedicarme a morir… descansar. Nunca como ahora me he sentido tan obligado a mirarle a la cara, nunca como ahora había llegado a ser tan consciente del pánico que me da. Rafa eres un fracaso, Rafa eres un perdedor, Rafa nadie te quiere, Rafa estás solo y eres pobre, Rafa no sabes salir de aquí. Rafa… te hundes.

Antes podía correr y escapar, fuera de mí. Podía correr al campo y escuchar los pájaros cantar, oler la hierba mojada cuando la pisaba en verano o salir a tomarme una cerveza helada. Mi monstruo se quedaba esperando, al acecho. Nunca ha desaparecido realmente, pero sus gruñidos quedaban tapados por las risas de los amigos, el amor de tanta gente bonita que me rodea y el calor de los abrazos y los besos. Mi felicidad le obligaba a esconderse en su guarida oscura y tenebrosa, muy en el fondo de mi corazón.

Ahora quedaron cerradas todas las vías de escape. Quédate en casa. Todos. Quedaros en casa. Hay otro monstruo acechando fuera, y debemos defendernos estado lejos. Las muestras de amor hoy ya no pueden ser ni los besos ni los abrazos. Hoy nos demostramos que nos queremos manteniendo la distancia, tapándonos la boca para que la saliva expulsada al pronunciar con pasión las palabras “Te amo” no contagie a nadie.

Hoy amamos de una manera a la que no estamos acostumbrados, cerrando las puertas con llave, a cal y canto, y esa ha sido su oportunidad. Hoy no hay escapatoria. Ha salido de las zonas más oscuras de mí mismo para mirarme a la cara. He intentado correr, he intentado esconderme, pero hoy no hay salida, estoy en un callejón, y él siempre consigue encontrarme porque el monstruo soy yo.

En un ataque de coraje he decidido devolverle la mirada y sumergirme en la profundidad de sus ojos rojos. Dejar de ser pequeño, darme la vuelta y mirar a mi miedo a la cara. Es un bicho maloliente y fétido con ojos penetrantes y brazos terminados en garras. Su boca abierta recuerda a la de un tiburón gigante, con varias hileras de dientes dispuestos a arrancarme pedazos de carne a jirones. Cuando le miro a su fea cara, me doy cuenta de que está hecho de pura mierda, de la mierda que llevo contándome durante años, de la mierda y las mentiras que llevo escuchando y repitiéndome durante toda mi vida. Están todas juntas aquí, dispuestas a destruirme, y ahora no tengo escapatoria.

La lucha es un juego de sombras chinescas, un combate desigual porque todo su poder nace de mí. Soy yo el que le concede el poder de destruirme, el poder de humillarme, el poder de transformarme en la nada, y al igual que le doy ese poder, se lo puedo quitar. Él lo sabe y por eso su juego consiste en engañarme. En hacerme creer que él es más fuerte, y que yo soy pequeño, inútil e insignificante. He de confesar que muchas veces lo consigue, y me arranca la fuerza vital como si sorbiese Cocacola a través de una pajita. Otras muchas veces consigo recordar mi fuerza interna, mi valor y mi energía. Recuerdo que soy amor, que soy parte del todo, y que mi valor, al igual que el tuyo, es inconmensurable. Esa es la verdad que el monstruo intenta que olvide constantemente, porque en el momento en que recuerde que mi valor es y ha sido siempre, simplemente por el hecho de existir, ese momento significará su muerte.

Y así transcurre esta lucha de titanes entre yo y yo mismo, entre yo y mi monstruo interno, entre yo y mi propia mierda. Una lucha donde se vale el juego sucio, donde yo me valgo del silencio y de la gente que me ama, y mi yo siniestro se vale de las mentiras que me creo y me rompen el alma, y de las situaciones tergiversadas que tratan de convencerme de que soy una víctima de mi vida. Cuando no lo soy.

¿Quién ganará? No se sabe. Quisiera deciros que mi victoria es segura, pero no lo es. Todo depende de mi habilidad, mi fe y sobretodo mi amor.

La mierda tiene una cosa que es que cuando somos capaces de comportarnos como hongos y hundir nuestras raíces en ella, hasta lo más profundo, podemos transformarla en abono. En tierra fértil y buena que nutra nuestro huerto personal y nos permita dar frutos. La mierda está ahí porque es necesaria. La mierda da miedo y huele mal, pero sin ella… sin esa mierda transformada no podríamos florecer. Es después de enfrentarnos a nuestros monstruos personales cuando puede nacer la genialidad. De la pura mierda es de donde nace eso que nosotros podemos aportar al mundo y que nadie más tiene. Eso que nos vuelve especiales. Pero para que aparezca el genio es imperativo transformar la mierda, sumergirse en lo más profundo y evolucionar junto a ella, porque la fosa séptica guardada en el punto más oscuro del corazón sigue llenándose poco a poco, y si no le prestamos atención puede llegar a rebosar productos tóxicos peligrosos que nos pudran el alma, destruyéndonos como seres humanos.

Sé de buena tinta que da miedo, porque yo estoy acojonado, pero también tengo fe en que este proceso de transformación, de lucha, de crisis será para bien.

elemento sometido a torsion y presión interna

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